Ensayo de Robert Bartra

diciembre 5, 2007 at 8:47 am (1, Política)

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La vida política mexicana está atravesando una época tormentosa. Después de unos pocos años de democracia, las elecciones presidenciales de 2006 precipitaron al país en una aguda y peligrosa confrontación entre la izquierda y la derecha. Aunque muchos políticos rechazan esta polaridad, que consideran anacrónica, una gran parte de la ciudadanía y de los analistas utiliza estas dos nociones para entender y describir la dinámica política mexicana. El problema consiste en que mientras muchos políticos aceptan gustosos ser considerados de izquierda, son pocos los que aceptan la etiqueta de derechistas. Sin embargo, si se abandona el uso de los términos de derecha e izquierda para adjetivar y descalificar al adversario, me parece que podemos utilizarlos con provecho para orientarnos en la geometría política mexicana. Yo usaré aquí estos términos sustantivos para proponer una idea sobre la situación que atraviesa México. Mi propuesta se puede resumir de la siguiente manera: las grandes dificultades que enfrentamos provienen en gran medida de las tensiones internas que podemos observar tanto en el espacio político de la derecha como en el de la izquierda. Creo que las contradicciones en el interior de cada polo afectan profundamente la coyuntura política actual e imponen una dinámica de enfrentamientos dañina que enloda nuestro precario y aún poco consolidado sistema democrático. Ya he expuesto y criticado las contradicciones que atraviesan el territorio de la izquierda y que le ocasionan una agresividad desmedida, una incoherencia aguda y un retroceso alarmante. He señalado la presencia de una trágica paradoja: las corrientes de izquierda moderna de corte socialdemócrata se encuentran atadas a un movimiento populista de tintes conservadores e incluso, en ocasiones, reaccionarios.1 Quiero ahora abordar críticamente algunos de los problemas que enfrenta la derecha y señalar cómo con frecuencia contaminan el conjunto de la vida política.

La derecha en México ha sufrido un problema crónico: la dificultad de conciliar las tradiciones católicas conservadoras con el liberalismo moderno. La derecha que se expresaba a través del PRI durante el antiguo régimen autoritario resolvió aparentemente esta tensión mediante el expediente de ocultar hipócritamente el problema y de aplastar las voces críticas que intentaban expresarse fuera del sistema oficial. En cierta forma, este conflicto es similar y paralelo al que sufría la izquierda, con su dificultad para conciliar las tradiciones comunistas autoritarias con la democracia moderna.

Las tensiones entre las tradiciones católicas y el pragmatismo liberal han tenido manifestaciones y avatares de gran complejidad, y por supuesto no es mi intención repasarlas aquí.2 Estas tensiones son parte inseparable del tejido histórico que fue convirtiendo al Partido Acción Nacional en la poderosa organización política que hoy gobierna al país. En cambio, quiero indagar si las añejas contradicciones tienen una expresión hoy en día. Yo creo que estas tensiones se siguen manifestando. Quiero reflexionar sobre sus consecuencias en el desarrollo del PAN y, especialmente, sus efectos en la situación de todo el sistema político.

Las posiciones cristianas parten de la idea de que la democracia moderna no es capaz, por sí misma, de generar la legitimidad necesaria para que sobreviva y se reproduzca. De aquí su propuesta de que es necesario buscar una legitimidad metademocrática en la “persona humana”, que es –como se suele pensar desde una perspectiva cristiana– un cuerpo espiritualizado o un espíritu encarnado. Cuando se habla de persona humana se suele aceptar, implícitamente, la existencia de personas no humanas, es decir, divinas. En la persona están inscritos preceptos morales absolutos que cristalizan en la familia, en la sociedad civil y en el Estado nacional. Sólo la persona es capaz de reaccionar moralmente ante el secularismo individualista y hedonista que, se supone, corroe a las instituciones. De alguna manera, la subjetividad de la persona aflora en un orden cultural que se expresa como una identidad popular profunda. Así, se cree que el gobierno sólo se puede legitimar verdaderamente si es capaz de apoyarse en este ethos nacional, en cuya base se encuentra el fenómeno religioso, la identidad cristiana de los mexicanos. Las consecuencias políticas de estos postulados son obvias: la legitimidad no se puede generar dentro del sistema democrático, debe buscarse un sustento ético más allá de las instituciones. Por ello Rodrigo Guerra ha concluido que “la soberanía cultural de la nación tiene primacía sobre la soberanía política del Estado”.3 Como puede comprenderse, ésta es una versión religiosa de las tesis nacionalistas que durante decenios afirmaron la legitimidad del gobierno revolucionario institucional por ser una emanación de la identidad nacional del mexicano. Esta identidad fue concebida como una entidad extrasistémica que daba sustento al Estado autoritario.

Hay que señalar que durante los últimos años, en las formulaciones políticas del PAN, nociones como las de persona humana –junto con las ideas concomitantes de solidaridad, subsidiariedad y bien común– han ido retrocediendo y diluyéndose, y se ha abierto el paso a nuevas ideas.

En contraposición a las viejas nociones católicas, podemos observar las ideas de quienes consideran que la acción política misma puede legitimar a los partidos y los gobiernos. La influencia liberal aquí es evidente, aunque no ha sido articulada en forma coherente y sistemática dentro del PAN. Y sin embargo es la expresión política que más triunfos políticos le ha dado al partido. El liberalismo es una presencia amplia pero difusa en el PAN y se observa en la acumulación de pragmatismo durante las campañas electorales, la gestión municipal o la administración de empresas. Esta presencia liberal, según algunos, se puede rastrear desde los orígenes en el pensamiento de Manuel Gómez Morín. Es fácil advertir la influencia liberal en la preferencia por los valores individuales de los ciudadanos con derechos, que votan, luchan y ocupan posiciones en un sistema cada vez más democrático. Aquí el individuo encarna en los mecanismos de representación y gestión que crecen en el seno de un Estado de derecho. El sistema político tiene sus propios procesos de legitimación, lo mismo que los partidos, y no se considera necesario acudir a fundamentos religiosos externos. Lo importante es la construcción de un aparato electoral, el impulso a un proceso gradual de gestación de un partido moderno de centro-derecha capaz de asumir tareas de gobierno y de gestionar el desarrollo del capitalismo industrial y financiero. En los años setenta una variante de esta forma de acción política, llamada participacionista y apoyada por sectores empresariales reaccionarios, se enfrentó muy ásperamente con las corrientes abstencionistas derivadas del pensamiento social católico. Pero, una vez pasada la crisis interna, el PAN retomó sus acciones electorales y, a partir de la Constitución que nos rige –que es esencialmente liberal–, impulsó la transición democrática. Alonso Lujambio ha dicho que “son indudablemente los actores quienes definen en última instancia el carácter de las instituciones constitucionales. En este sentido es claro que el gradualismo que el PAN impulsó como estrategia a lo largo de décadas le acabó imprimiendo un ritmo al cambio político en México”.4

Esta visión de la política, que exalta la libertad individual y tiene confianza en los mercados, se opone claramente a las concepciones que, en nombre de la moral católica, rechazan la modernidad ilustrada –que estaría hoy en crisis– y atacan el pragmatismo que separa la vida pública de la fe religiosa, como lo ha señalado Carlos María Abascal.5 El problema radica en que quienes hacen política con una orientación cristiana han llegado al poder gracias al trabajo guiado por el pragmatismo liberal moderno que desprecian. Ésta es una contradicción que permea profundamente a la derecha y que no es de fácil solución.

Las visiones cristianas, al exaltar a la persona humana que debe encarnar, a través de la familia y la sociedad civil, en el Estado, están de hecho permitiendo con ello la intromisión de los poderes eclesiásticos en las esferas de la política. No sólo defienden –con razón– la libertad de toda persona para orientarse de acuerdo a sus creencias religiosas, sino que, además, introducen en la política el corpus doctrinal y material de la Iglesia católica, con toda la fuerza corporativa que tiene en México y en América Latina. Desde luego, podemos pensar que, a fin de cuentas, la política es un gran teatro donde los personajes representan fuerzas que no son aparentes. Recordemos que el término “persona” quiere decir máscara en latín. Y ciertamente la persona exaltada por el pensamiento católico es la máscara que oculta a la Iglesia. Hay que reconocer que los individuos que concibe la tradición liberal también son personajes de un teatro, son actores en el escenario del mercado capitalista, en el gran foro de las injusticias y miserias de este mundo. No es despreciable, de ninguna manera, la carga crítica de las reflexiones cristianas que han denunciado cómo, detrás de los actores liberales, se ocultan la desigualdad, la explotación, la discriminación y la violencia. Estas reflexiones han desembocado en una defensa del bien común, una idea que en ocasiones ha adquirido un tono anticapitalista y que implica la exigencia de introducir correctivos que atenúen los estragos sociales que provoca la economía de mercado. La idea de buscar el bien común, tan presente en el ideario del PAN, forma parte, como sabemos, de la doctrina social cristiana de la Iglesia y fue desarrollada con brillantez por Jacques Maritain, el gran filósofo católico.

No es difícil comprender mi resistencia –junto a la de muchísimos mexicanos– a aceptar la intromisión de la corporación eclesiástica en las esferas de la política. El mismo Manuel Gómez Morín, a quien no le agradaba la opción demócrata-cristiana, a la que veía como un movimiento confesional, dijo alguna vez que esta tendencia “no se ajusta a la experiencia mexicana de profundo anticlericalismo”.6 Yo agregaría que estas posiciones inyectan elementos conservadores antimodernos en el programa político, como por ejemplo la promoción de la familia tradicional, el respeto al llamado orden natural, la exaltación religiosa de la identidad nacional y la definición de la vida según criterios eclesiásticos no científicos. Como consecuencia, se rechaza la despenalización del aborto, se mira con aversión el uso de anticonceptivos, se impugna la experimentación con células troncales para fines curativos, se lucha contra el hedonismo, especialmente en sus expresiones eróticas, y se ve con suspicacia la divulgación de valores culturales y científicos procedentes de otros países.

Estoy seguro de que si este tipo de propuestas hubiese sido un eje importante y notorio de la campaña electoral del PAN en el 2006, hoy Felipe Calderón no sería el presidente de México. Un partido con una auténtica vocación democrática moderna no puede dejar de comprender que la familia es una institución que evoluciona, que no vivimos en un “orden natural” inamovible sino en un orden social artificial creado por el hombre, que la identidad nacional no es una esencia eterna y que la ciencia hoy en día define la vida con mayor profundidad que cualquier religión. Los políticos son por supuesto libres de tener –sobre estos temas– las opiniones que mejor les parezcan. Pero un partido político, si quiere insertarse en la sociedad como una institución moderna, no debería incorporar a su ideario tesis arcaicas que pueden enrarecer el ambiente democrático en el cual, desde hace poco, vivimos los mexicanos.

Desde mi perspectiva socialista no puedo menos que expresar mi simpatía por el liberalismo ilustrado que impregna a muchos sectores del PAN. Aprecio el escepticismo pragmático y la exaltación de los valores democráticos que han ayudado a los panistas a ganar las elecciones. Pero veo con inquietud que las tendencias conservadoras han frenado considerablemente el aliento y la creatividad de las corrientes modernas. La dudosa amalgama de neoliberalismo pedestre y catolicismo trasnochado que en ciertos momentos influyó en el comportamiento de Vicente Fox –y que lo hizo trastabillar no pocas veces durante el trayecto final de su gobierno– fue un factor que contaminó y corrompió el ambiente político. Es claro que todo ello provocó un descenso de las simpatías hacia el PAN, cuyo triunfo en las elecciones de 2006 se debió en gran parte a los tremendos errores que cometió el candidato de la izquierda. El tan apretado resultado de las elecciones, que nos ha dejado una pesada herencia, es el producto de la acumulación de errores que se cometieron en todos los bandos. La presencia de fundamentalismos de izquierda y de derecha no sólo envenenó el ambiente, sino que además minó las fuerzas de los contendientes y vició su comportamiento.

En México, si queremos elevar la calidad de nuestra democracia, necesitamos que tanto las derechas como las izquierdas se modernicen. Necesitamos que la derecha se liberalice y que la izquierda se democratice. Un PAN más liberal y un PRD más socialdemócrata contribuirían a estabilizar el sistema político en un contexto internacional de inevitable globalización. Ello contribuiría a desarrollar un orgullo democrático: un orgullo basado en la confianza de que la democracia puede legitimarse dentro del sistema social que la alimenta, sin necesidad de añadir ideologías dogmáticas o doctrinas religiosas. La democracia no es una formalidad a la que hay que agregarle un contenido clasista, ni es una estructura que necesita de valores absolutos para existir. En este orgullo democrático podrían confluir la derecha y la izquierda modernas, que sin duda se disputarían un hipotético centro político. En esta situación ideal –acaso utópica, lo reconozco– habría un saneamiento de la vida política, que comenzaría por disminuir el nefasto papel del antiguo partido del autoritarismo –el PRI– que hoy para sobrevivir se aprovecha del atraso y los errores de la derecha y de la izquierda.

Pero si persisten las expresiones atrasadas y poco modernas tanto en el PAN como en el PRD podríamos presenciar una especie de resurrección del viejo PRI, que intentaría volver a ocupar los espacios que perdió en la derecha y, al mismo tiempo, reciclar las actitudes populistas que lo caracterizaron durante muchos años. No será una operación fácil, pero el previsible descenso del peso electoral de la izquierda puede acentuar estas tendencias restauradoras. Y esta restauración puede ser facilitada además si las inclinaciones liberales modernas del PAN se ven frenadas por el peso de sectores conservadores. Peor aún que la restauración puede ser el desmoronamiento de los partidos políticos, pues sin ellos –aunque no nos gusten– la democracia simplemente no puede existir. El agresivo embate de los monopolios de la televisión y de grupos empresariales contra lo que llaman la “partidocracia” es una señal muy peligrosa que envía hoy una derecha social alérgica a la democracia.

El ejemplo de Chile puede ser aleccionador. En Chile las fuerzas de la derecha pinochetista han sido afortunadamente contenidas por una Concertación que ha unido a los socialdemócratas con la democracia cristiana, una corriente que se ha movido hacia el centro del abanico político. Es un buen ejemplo de lo mucho que se puede ganar cuando fuerzas políticas de signos opuestos se modernizan e incluso llegan a aliarse para enfrentar posibles regresiones.

Cierto, la dictadura mexicana que ya no logró pasar por la puerta del siglo XXI –la última dictadura en desaparecer en América Latina, si exceptuamos a Cuba– no tuvo la dureza
ni la agresividad del régimen de Pinochet. Pero los problemas de la transición democrática son similares en Chile y en México. La comparación nos ayuda a comprender la gran importancia de dejar atrás lastres políticos que frenaron el progreso de México durante el siglo pasado. Uno de esos lastres radica en las oportunidades desaprovechadas en diferentes momentos críticos para realizar una alianza, coalición o concertación entre el panismo y el cardenismo, entre el PAN y el PRD, para enfrentar al autoritarismo. Evidentemente, nadie es tan ingenuo como para pretender –después de las ríspidas elecciones de 2006– una alianza de esa naturaleza a corto plazo. Pero sí podemos aspirar a superar los resentimientos, los agravios y las amarguras que han resultado de los acercamientos fallidos que, de haber cristalizado, hubiesen facilitado una transición de más alto nivel a la democracia. Y, sobre todo, habrían contribuido a superar las monstruosas inequidades sociales que heredamos del antiguo régimen. El reciente acuerdo para la reforma electoral es un signo alentador de que la concertación puede, por ejemplo, frenar el poder voraz de los monopolios (en este caso, en la radio y la televisión).

Desgraciadamente, a causa de las agudas confrontaciones entre partidos, la democracia mexicana se encuentra en un lodazal y las reformas avanzan con extrema lentitud. Los diputados y senadores están atascados en un pantano que amenaza con ahogar las propuestas de cambio, y el desprestigio de los parlamentarios ante los ciudadanos crece notoriamente. Los partidos de la derecha y la izquierda se encuentran en una coyuntura crítica y en el umbral de cambios en sus dirigencias. Deberían, cada uno por su lado, aprovechar la coyuntura para sanear el ambiente político e inyectar tolerancia y sensatez en su comportamiento político. Ya que hay dificultades para que izquierdas y derechas lleguen a acuerdos importantes, por lo menos podemos esperar que modernicen sus respectivos partidos. El PAN tiene en ello una mayor responsabilidad, ya que es el partido gobernante gracias a la lucha democrática que impulsó durante largo tiempo. Muchos nos preguntamos si estará a la altura que requieren los tiempos críticos por los que atravesamos. El PAN, a sus 68 años de edad, debería estar maduro para una transición que nos ayude a salir de las aguas políticas cenagosas que amenazan con paralizar al país. ~

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